Mamis- por Mayra Montero para el Nuevo Día
Mamis
Mayra Montero
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Un hombre de 21 años mató hace poco en Villalba a su mujer de 20. Luego de discutir con ella en una fiesta, logró entrar en la casa, esconderse en el cuarto, y esperarla con toda la calma del mundo y con una navaja en la mano. Cuando la mujer, con la que tenía un hijo y de la cual estaba separado, llegó a su hogar, el asesino la increpó y le cortó el cuello. Según los testigos, mientras ella se desangraba, el agresor la abrazó y le juró que la amaba. En el periódico viene una foto del tipo: cara de lechuga, cuello de toro, boquita presuntuosa, y la expresión satisfecha porque la mujer ya no es de él, pero de nadie. Y porque de seguro no le caerán encima tantos años como para pudrirse en la cárcel y dejar de conocer a otras futuras infelices.
Estas tragedias no son raras. El comportamiento de ese tipo, tampoco. Y sus palabras, las que más me han llamado la atención, fueron las que, según su propia madre, él le solía decir con respecto a la muchacha a la que finalmente asesinó: “Mami, yo la amo, yo quiero estar con ella”.
Ese mami es textual. Y el yo la amo, yo quiero estar con ella, es la verbalización de su voluntad de hierro, de su mamalonería invencible. No digo que éste sea el caso, pero me parece que algunas mamis están persuadidas de que, si el nene ama a una mujer y quiere estar con ella, pues el nene se merece eso y más. No les cabe en la cabeza que otra mujer no estime a su hijo, al cuello de toro de su hijo, a los ojos brujos de su hijo, a la bondad escondida --porque en el fondo es bueno y va a la iglesia, eso sale a relucir en el juicio-- como ellas mismas estiman todo lo anterior, y además esa manera en que se guinda a su falda.
Cuando leí la historia, esa parte en que entrevistan a la madre, atisbé un sutil intento de justificación: “Él siempre ha sido así: tú le dices una cosa y al ratito se le olvida”. Pues si siempre ha sido así, habrá que seguirlo disculpando, ¿o no? Esa es la gran “virtud” de algunos seres humanos: ser capaces de oír una cosa, y olvidarla al ratito. Los perros obedientes, los leones del circo, las cotorras parlantes y hasta los chimpancés, oyen una cosa y, si se les enseña, no se les olvida. La mayoría de los seres humanos, o buena parte de ellos, tampoco son capaces de olvidar. Pero cierta clase de nenes se olvidan “al ratito”, el olvido se convierte en tradición y como nadie les exige nada... En el caso del tipo que nos ocupa, ya debe haberse olvidado de su víctima. Total, tiene preocupaciones más urgentes: va para adentro, a convivir un rato a la sombra de los muchachos en flor.
No quiero meterme en el terreno de los especialistas de la conducta o de la mente humana. Ya se sabe que la crianza lo es todo. Hay quienes sostienen que a los cuatro o cinco años el carácter está más o menos definido. O sea, que el destino está ahí. Le escuchaba decir a un sicólogo en la televisión que “esa primera perreta hay que ganarla”. Supongo que la evolución de las perretas es impredecible, porque una perreta es la primera escaramuza para la toma de control. Y visto así, desde esa óptica infantil, se puede controlar prácticamente todo: la vida propia y la de la gente que nos rodea. No hay límites, ni obstáculos, ni sanciones, ni secretas hecatombes que pueden ocurrir si desobedecemos. Algunos niños teníamos un miedo indefinido a “algo”, a lo que ocurriría si nos saltábamos una orden y hacíamos nuestra santa voluntad. No era que pensáramos que nos iban a desollar, ni que nos iban a encerrar en un cuarto oscuro, ni que nos iban a privar del alimento. Pero por la cara de la madre, o por la expresión del padre, estábamos plenamente convencidos de que si tocábamos tal cosa (que nos habían advertido que no tocáramos), o nos movíamos de tal lugar (del que nos habían ordenado que no nos moviéramos), o echábamos una palabrota, o aullábamos como animales, algo terrible iba a suceder, quién sabe qué. A ese abismo, a esa posibilidad, le teníamos respeto --a veces pavor-- y por eso nos aguantábamos. En el colegio era lo mismo. No he tenido nunca miedos más sólidos, y a la vez más intangibles, que los que me infundían aquellas monjitas. Todavía hoy, me topo con una monja y me vuelvo un merengue, inclino la cabeza, me encojo como un pollo. Supongo que eso, en las primeras etapas, es la disciplina.
Pero escuchen esto: “Mami, ella me obligó a matarla”.
Así le dijo el nene. Y yo lo siento por mami, por los especialistas en la mente humana y la conducta, por todos aquellos que piensan que este tipo tiene redención --y a lo mejor la tiene, no voy a ser yo quien diga que está frito eternamente, aunque lo más probable es que no cambie--, pero en el momento en que le dice eso, la mami tiene que virarle la cara de una bofetada. Hay cosas, a estas alturas de la vida y de la información (lo machacan sin descanso por radio y por televisión, suponiendo que no lean los periódicos), que no se pueden tolerar.
“En la calle”, comentó una parienta, “alguien la miraba y rápido él le daba”. Sin que nadie interviniera, bueno es señalarlo, “le daba”, y le estuvo dando hasta que llegó al límite. El nene acaba de enterarse de que hay un límite. Un niño de dos años quedó huérfano.
Dice Alejandro Jodorowsky en su espléndida autobiografía: “Los sufrimientos familiares, como eslabones de una cadena, se repiten de generación en generación, hasta que un descendiente, en este caso quizás tú, se hace consciente y convierte su maldición en bendición”.
Es la danza de la realidad. No hay otra.
Mi nombre es Ada M. Álvarez Conde, tengo 25 años y resido en San Juan, PR. A los 16 años comencé a interesarme por el tema de la violencia en el noviazgo y las maneras para combatirla. Trabajé de voluntaria en el periódico estudiantil TINELLER; e hize un reportaje sobre lo mismo. Ese mismo año, basándome en experiencias personales e investigaciones comenzé a desarrollar mi pasión, la escritura en este tema. Se creó la novela: Lo que no dije. Estoy escribiendo la edición bilingue de la novela y editando mi poemario. Luego de trabajar por dos años la publiqué a los 19 convirtiéndome en la novelista más joven de Puerto Rico. Por medio de la internet, de crear conciencia sobre este problema, especialmente en sus inicios para evitar los accidentes. Actualmente estudio mi maestria en periodismo y espero que este site sirva para ayudar a crear un mundo de paz.
Este libro es un sueño para mí. Como escritora desde joven he ganado varios premios, pero entiendo que ninguno me complementa más que este porque es una obra inspirada en un problema social y así puedo ayudar a mi país; con este site al mundo. Quiero ayudar a las mujeres que están en el problema y darles herramientas a los que están alrededor de ellas para que las ayuden. Este es mi granito de arena. Ayúdame a demostrar que una persona puede cambiar el mundo. Dicen que el que calla otorga y espero profundamente que apoye mi novela y este site, para que muchos lean LO QUE NO DIJE y salgan de la soledad, del maltrato y sobretodo del silencio. Visita la fundacion www.altoalsilencio.org para mas informacion
gracias!
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27 Mayo 2010 | 09:41 AM