Por Camile Roldán Soto / end.croldan@elnuevodia.com
Establecer límites en la relación de pareja, desde el tiempo a compartir hasta los planes futuros, puede hacer la diferencia entre una relación saludable y una infeliz.
Sin embargo, a veces no es tan sencillo trazar fronteras.
Por lo general, cuando dos personas se enamoran el éxtasis hace que dejen en segundo plano todo lo ajeno a su romance. Al cabo de unos meses, el enchule enfrenta la cotidianidad y las partes comienzan a necesitar espacio.
El sicólogo clínico Santiago Rivera Santos llama a este el "estado de realidad" que da pie a descubrir verdaderamente cómo funcionará la relación.
"Ahí es que hay que poner límites y eso no se logra de ninguna manera que no sea hablando de manera clara y directa. Hay que hacer una lista de lo que se va a negociar", explica el médico.
El propósito de los límites es ofrecer estructura a la relación y prevenir dos escenarios extremos: que la relación se torne asfixiante o demasiado individual.
En su práctica, Santiago ha visto parejas con ambos perfiles. Recuerda, por el ejemplo, el caso de un hombre que imponía a su pareja un día específico de la semana para hablar y compartir. Ella había accedido al acuerdo pero en el fondo se sentía frustrada, cada vez más lejos de él.
Para llegar a acuerdos no existe una fórmula, pues depende de las personalidades y expectativas de las personas.
Un error común es partir de una visión desvirtuada del amor. Es aquella que exige compatibilidad absoluta como en los cuentos de hadas pero que, según Santiago, se aparta bastante de la realidad.
"'La compatibilidad no es una fórmula matemática, algo exagerado, incluso la diversidad puede dar mucha riqueza a las relaciones de pareja", apunta.
Para lograr entendidos es preciso reconocer a qué valores o principios básicos no eres capaz de renunciar (pueden ser ideales políticos, de derechos humanos, etc.). Lo mismo con las expectativas la dinámica en la relación: división de roles, tiempo para tí y tus actividades, entre otras cosas.
Una vez se tiene este diálogo lo que hace que las personas se mantengan unidas es el nivel de aceptación a las diferencias y la capacidad o disposición a negociar, precisa Rivera.
Además, debido a que las relaciones cambian con el tiempo es preciso recordar que los acuerdos "no están escritos en piedra", por lo que ambas partes deben sentir la libertad de ir sobre ellos cuando así lo sientan necesario.
Finalmente, agrega que nunca se debe partir de la premisa de que la otra parte sabe como nos sentimos, como si pudieran leer la mente.
servido por Ada Mercedes
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Tras la violencia doméstica hay un complejo cuadro social en el que inciden muchos factores. La educación surge como herramienta impostergable
Por Mildred Rivera Marrero para el nuevo dia www.endi.com
A Élida Ríos Montañez -de 32 años- su compañero consensual la persiguió hasta matarla a tiros en la calle, a plena luz del día. A Brenda Rivera Miranda -de 36 años- su esposo le pegó un tiro fatal delante de sus hijos, para luego suicidarse.
A Julio Feliciano Echevarría- de 42 años- una mujer con quien tenía una relación lo asesinó utilizando un cuchillo.
Ellos son parte del fatal grupo de siete que ha muerto en lo que va de año a causa de la violencia doméstica y a los que podría unirse uno más cuando se confirmen las sospechas de la Policía. Eso compara con 10 asesinatos de mujeres a la misma fecha del 2008.
Son también parte de los fantasmas que le recuerdan a Daisy González (nombre ficticio) que ella pudo haber estado en esas estadísticas.
"Si me hubiera mantenido en aquella relación, una de esas mujeres hubiese sido yo. Cada vez le doy gracias a Dios por mantenerme viva y darme la oportunidad", dice la mujer de 27 años y madre de tres hijos que está en proceso de recuperación.
Su caso no es diferente al de otras cientos de miles de féminas que cada año son víctimas de violencia doméstica y que presentan un complejo cuadro social que explica por qué, en muchas ocasiones, se mantienen en esas relaciones. El año pasado hubo 20,389 incidentes de violencia doméstica y este año, hasta el jueves de esta semana, la Policía había contabilizado 5,744. En la inmensa mayoría de los casos, las víctimas son mujeres.
A sus 14 años, González dejó la escuela y empezó una relación con un hombre de 47 años que comenzó a maltratarla físicamente cuando quedó embarazada por primera vez.
"Estando embarazada me golpeaba. Nadie sabía lo que yo estaba pasando porque cuando uno está en esa situación uno no quiere que nadie sepa nada. Yo me crié con mi mamá solamente. Yo pensaba que era normal porque como no me crié en esa situación (con un padre), todo le parece normal a uno. Uno no tiene quién te oriente y te ayude. Estuve pasando por eso 10 años y al salir de esa relación me metí en otra peor".
Con su relato, González revive los años de golpes, encierro, enajenación social y violación que vivió en su segunda relación, con un hombre de 55 años con el que se mudó a Estados Unidos, lejos de su familia.
"Yo tenía miedo. Ellos te intimidan. Me decía que era el único que me quería, que nadie me quería. Para mí la vida no valía na', no significaba nada", recordó.
Lo abandonó. Pero él siguió acosándola, "hasta que un día, por poco me mata. La nena mía le dijo que me dejara y él le dio en el pecho. Ahí yo no aguanté más y salí corriendo".
El hombre fue encontrado culpable en el juicio que se presentó y, aunque fue a la cárcel, al poco tiempo estaba en la calle para cumplir un año de probatoria.
Impostergable la educación
Al mirar hacia atrás y al considerar su caso y el de otras mujeres, González menciona la educación como uno de los elementos vitales para combatir la violencia doméstica. Ese, precisamente, fue uno de los elementos que destacó un grupo de profesionales en un diálogo con LaREVISTA y la Junta Editorial de El Nuevo Día.
Manifestaron que urge un enfoque integral que combata el problema desde diversos frentes. Reconocieron que se han logrado avances en áreas como la creación de protocolos para el manejo de esos casos en las agencias del orden público, pero advirtieron que ya no se puede postergar más la integración de esfuerzos en la educación.
Diana Valle, ex presidenta de la Casa Protegida Julia de Burgos y profesora de la Escuela Graduada de Trabajo Social de la Universidad de Puerto Rico, manifestó que "la educación es una de las mejores herramientas de prevención. La gente, en general, no conocemos el proceso de la violencia doméstica, donde hay unas estrategias de seducción, entrampamiento, intimidación y amenazas. Lo más fácil es decir: ‘ella se lo buscó, ella lo quería, ella estaba allí y no hizo nada'. Uno apela a las normas culturales, que dicen que la mujer es inferior, que es débil. ¿Cómo vamos a cambiar esas normas culturales que colocan a la mujer en una situación de indefensión, de inferioridad, de subordinación? Una de las formas es a través de la educación".
Valle recordó que -paralelamente a los esfuerzos tradicionales de orientación- las organizaciones de base comunitaria y de apoyo a mujeres víctimas de violencia doméstica estuvieron por años tratando de llegar al sistema de educación del País para hacer un trabajo de prevención. La integración de una visión que promueve la igualdad entre hombres y mujeres en los diversos niveles escolares se comenzó a integrar en el Departamento de Educación en el 2004 con unos talleres para estudiantes de nivel intermedio. Finalmente, una carta circular del pasado secretario, Rafael Aragunde, integraba la perspectiva de género en el currículo del sistema público.
Sin embargo, el titular actual, Carlos Chardón, la eliminó tan pronto llegó a Educación alegando que eso es un asunto de los padres y de la sociedad y que él no le dirá a los niños qué es bueno y qué es malo.
El sicólogo y decano de estudiantes de la Escuela de Medicina San Juan Bautista, Salvador Santiago, destacó que "en Puerto Rico no tenemos un plan de prevención o para lograr la igualdad en todo el sentido de la palabra. Le preguntas al Secretario de Educación cuál es el plan a nivel elemental para lograr igualdad y ¿dónde está ese plan? Si no hay programas concretos desde Headstart, donde se ven desigualdades crasas, y se empieza a acumular ese capital intelectual negativo, el producto final es la violencia terrible que vemos en la adultez".
La ex procuradora de las mujeres, María Dolores Fernós señaló que "el Departamento de Educación tiene material preparado por especialistas para escuela elemental, para escuela intermedia y para escuela superior. Hay material escrito, vídeos, teleconferencias. Se tenía que bregar con la educación y nos hemos estrellado contra esa pared".
A implantar las leyes
La también abogada manifestó que "queda muy poco por hacer en términos de normativa" porque en 1989 se estableció la Ley 54 de Violencia Doméstica, en el 2001 se creó la Oficina de la Procuradora de las Mujeres y, posteriormente, se establecieron protocolos para el manejo de esos casos en la Policía y otras agencias, entre otros.
Sin embargo, Fernós coincidió con otras profesionales en que todavía persisten obstáculos para lograr un manejo adecuado de los casos a nivel de la Policía y los tribunales, como la falta de recursos suficientes para atender los miles de casos que llegan anualmente, la exigua cantidad de policías que ha recibido el adiestramiento requerido, la escasez de albergues para las víctimas y los prejuicios de los agentes del orden público que no aplican las leyes y los protocolos como deben ser. En muchas ocasiones, esas prácticas o carencias son las razones para que las mujeres retiren sus querellas.
Uno de esos aspectos en los que se falla, según la directora del Proyecto Matria, Amárilis Pagán, es en el trato del policía que toma la querella de una víctima de violencia doméstica debido, en muchas ocasiones, a sus prejuicios en contra de las víctimas de violencia doméstica.
"Todavía tenemos la situación de que una mujer radica una querella y lo que se hace es que se toma el testimonio de ella, pero no se recopila evidencia médica, física, de testigos adicionales y fotografías, o no se investiga con la rapidez que hay que investigar. Hay todo un andamiaje montado, que si la gente tuviera la voluntad de que eso corriera, correría", sostuvo Pagán.
Esa falta de evidencia es obstáculo para que, en casos en los que se identifique un alto grado de peligrosidad para la persona afectada, se pueda celebrar un juicio en ausencia de la víctima, destacó Pagán. La mujer también destacó que existen pocos recursos policiacos para atender los casos.
Durante el diálogo, se puntualizó en que luego de que un policía atiende inicialmente a una persona que presenta una querella, tiene que llevarla ante un fiscal, que es el oficial que orienta sobre las protecciones que da la ley y determina la peligrosidad de su situación.
La fiscal Janet Parra, quien dirige la Unidad especializada de Violencia Doméstica y Maltrato a Menores del Departamento de Justicia, aseguró que esas oficinas tienen agentes especializados hasta la medianoche y que luego hay un oficial que contesta un celular a cualquier hora en caso de alguna incidencia. Aceptó que no todas las regiones tienen esas unidades.
Sin embargo, la teniente Margarita George, quien coordina las Divisiones Especializadas de Violencia Doméstica de la Policía, la contradijo.
"Voy a discrepar de usted. Hay unas instrucciones del Fiscal General que dicen que solamente los fiscales se van a llamar en asesinatos y en accidentes de vehículo graves, y son todos los fiscales, no hace excepción", declaró George.
"La realidad es que no hay tal cosa como un fiscal de madrugada en casos de violencia doméstica", aseveró George.
Ante el planteamiento, Parra insistió en que la región de Bayamón opera con un fiscal a cargo las 24 horas.
"Si tienes tantos casos de violencia doméstica, no deberías tener un solo fiscal especializado por región judicial. Las unidades especializadas no tienen policías suficientes y tienen que hacer de tripas corazón", agregó Pagán.
Tampoco son suficientes las intercesoras legales, que son personas de las organizaciones no gubernamentales que ofrecen apoyo a las víctimas de violencia doméstica en los tribunales y que, en muchas ocasiones, identifican los fallas procesales.
"Una mujer puede llegar al tribunal y jamás toparse de frente con la intercesora legal porque es una sola", lamentó Pagán, quien también denunció que los 12 albergues que protegen a las víctimas de sus agresores por espacio de tres meses son pocos.
"Es una de las cosas que hacen que la mujer no vaya al tribunal y que la mujer retire los cargos. Si reconocemos que la violencia doméstica es resultado de la desigualdad social, hay que crear programas que ofrezcan un balance, como vivienda transitoria, de desarrollo económico y de cuido de niños", declaró Pagán.
A usar la discreción
Otro problema es que los jueces no están utilizando recursos que existen en la ley y los protocolos para ayudar a las mujeres a cortar con el ciclo de violencia, de acuerdo con las entrevistadas.
George indicó que al momento de otorgar una orden de protección, la ley provee elementos para que los jueces establezcan relaciones paterno y materno filiales, pensión alimentaria y custodia provisional. "Son remedios que el juez tiene para que esa mujer se sienta segura" y no crea que tiene que volver con el agresor para tener un sustento o para que no esté en peligro durante las visitas a los hijos, dijo George.
Las estadísticas revelan que son ínfimos los casos en que los magistrados utilizan su discreción judicial para adoptar esas medidas. Del total de 5,572 órdenes de protección expedidas desde enero hasta la última semana de abril, sólo en 310 de los casos se establecieron las relaciones paterno filiales y en 176 se estipuló pensión alimenticia.
De igual forma, el juez tiene la discreción de establecer un proceso de monitoreo al fijar una orden de protección.
"Aún cuando Fiscalía decida que no hay condiciones para radicar un cargo, si se identifican condiciones de letalidad, se podrían hacer más cosas. El manual del juez, el libro de estrado, contiene una disposición que algunos jueces la han utilizado y ha sido efectivo. Les dicen: ‘le expido esta orden de protección y todos los meses viene aquí'. Eso no está en la ley, pero a los jueces que lo han implantado les ha funcionado porque el agresor siente que el sistema lo está velando", sostuvo Fernós.
No obstante, en ocasiones, esa discreción judicial tiene un peso negativo a la hora de condenar a los acusados, ya que muchos de los agresores son referidos a programas de desvío en los que se supone que se ofrece educación. Un estudio realizado el cuatrienio pasado reveló que el 70% iba a desvío, dijo Fernós, para quien esa proporción demuestra "que se está tratando muy livianamente la sanción". Eso ocurría en momentos en que algunos de esos programas sólo existían en papeles y no ofrecían ningún servicio de rehabilitación, según descubrió posteriormente la Junta de Rehabilitación a la que perteneció la ex Procuradora y la cual recomendó el cierre de tres de ellos.
De igual forma, el sistema resultó muy permisivo a la hora de imponer sanciones a los compañeros de las sobrevivientes de violencia doméstica Daisy González y Jessica Rivera (nombre ficticio) de 28 años y madre de dos menores. Esta última sufrió un patrón de violencia y de poner y quitar órdenes de protección hasta que su esposo trató de ahorcarla delante de sus hijos. Nueve días después del incidente decidió denunciarlo e ingresó a un albergue, pero cuando salió tuvo que irse del País porque el agresor ya estaba en la calle y eso la ponía en peligro.
Su conclusión es tal vez la realidad de miles de mujeres: "El sistema no funciona porque, por denunciarlo nueve días después, le bajaron los cargos. Yo me sentía presa en el albergue y él por ahí", afirmó la mujer refiriéndose al hombre que comenzó a agredirla tan pronto quedó embarazada.
servido por Ada Mercedes
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Por: Ada Alvarez
Usa guantes todos los días. Son color crema. Su pelo rizo marrón rojizo resalta sus pómulos, enmarcados como una muñeca con dos círculos de rubor. Sus labios gruesos enmarcan una noble sonrisa que contrasta con el color oscuro de su piel. Su accesorio favorito son las pantallas y camina con mucha confianza, como si nunca lo hubiera conocido.
Dolphy es una joven de 18 años residente de Santo Domingo en República Dominicana. Dos años atrás se fue de la casa a vivir con su novio Gregorio. Se habían visto en la escuela desde que ella tenía quince años. El trabajaba como carnicero en el colmado que quedaba cerca de su casa. Se hicieron novios y a los tres meses Gregorio le pidió que se mudara con él. Le pegó, una y otra vez, luego de que Dolphy no quisiera dejar la escuela. Su sonrisa parecía opacarse por el miedo que llegó a sentir.
Dejó la escuela para evitar los golpes. Dolphy a los 13 años comenzó a ayudar a su tía en una peluquería y así generaba un poco de dinero. Su novio le pidió que trabajara, pero sólo si era en la peluquería cercana a su trabajo para tenerla vigilada de cerca. “Yo pensé que era amor, que me quería tanto porque deseaba estar a mi lado todo el tiempo”, dijo Dolphy con la mirada hacia el piso levantando los hombros como sinónimo de duda. Estuvo seis meses viviendo con él, y aunque siguiera sus llamados consejos, no hacía más que obedecer las órdenes de quien se convirtiera su amo. Al punto, en que como un perro, en una mañana que Dolphy no tenía la comida preparada, fue castigada amarrada y encerrada en el baño del apartamento que compartían.
Hay un suceso que “la muñequita”, como algunos le llaman nunca olvidará. Cuenta que trató de escapar de su agresor y novio. Que su mamá no la regañó porque se entendía que vivir con un hombre era normal si él proveía la casa. Estaba sola y se escapó. Al cabo de dos días, el hombre con quien compartiera cama y cena, la persiguió y la entró a un carro a la fuerza. Llevó a Dolphy a una cabaña en Santo Domingo, proporcionándole golpes que hicieron que sus labios se salpicaran de sangre disfrazada como un lápiz labial rojo. “Tienes que volver conmigo”, Gregory repetía. A lo que el llanto hizo que sin fuerza Dolphy prometiera estar de vuelta a la casa con él al cabo de una semana. Dejándola en el piso, casi inconsciente se fue y esperó por ella.
“Esa semana fue la más ajetreada de mi vida”, dice ella. Buscó ayuda en agencias gubernamentales, en su familia y hasta en el visado para escapar del país. Pasaban los días como horas en una fila congestionada de tráfico y ante su desesperación caminaba hacia un banco en la plaza pública del pueblo. La joven de 16 años vio al que fuera su novio de 18 bajarse de un carro con su uniforme de carnicero y algo en mano. La gente estaba lejos de los asientos donde ella posaba y él tomó el afilado objeto, un machete, y se dirigió hacia ella para matarla. En el momento en que subió la mano derecha y el machete iba dirigido a la cabeza de la joven, levantó sus manos para cubrirse la cabeza, sin saber que sería la última vez que las tendría puestas.
El joven le picó las manos con el machete y se dispuso a intentar de nuevo cortarle la cabeza. En ese momento varias personas del mercado reaccionaron y un hombre lanzó una piedra ante Gregory que hizo que soltara el machete y fallara el intento de asesinato. Varios hombres corrieron detrás del carnicero humano, mientras que otros se acercaron a Dolphy, manca y desangrada. Ella estaba en un lugar del parque, su ropa estaba bañada en sangre y sus manos, de la muñeca hacia abajo, yacían en otro lugar de la plaza. Una mujer tomó las manos de la joven y buscó una nevera portátil, haciendo posible que Dolphy fuera transferida al hospital de la capital con las manos que acababa de perder en la parte trasera del automóvil que sirvió de ambulancia.
Gracias a los esfuerzos de la gente, a Dolphy, le cocieron las manos. Lo único que puede usar hasta ahora son el dedo índice y el del medio, esto gracias a terapias físicas para recuperar su funcionamiento. El novio, al exponer su intención en un lugar público, consiguió testigos que lo acusaran y ahora cumple una condena de 30 años de cárcel. Dolphy no se atrevía a hablar de su experiencia, pero gracias a la ayuda de la Fiscalía del pueblo y de los servicios sicológicos que recibió, decidió contar su historia para salir del silencio. Un silencio un tanto desconocido en República Dominicana, donde el término violencia en el noviazgo no existe.
Me quería conocer por mi trabajo en contra de la violencia entre parejas. Me entregó una cinta violeta para usarla como pulsera para demostrar mi repugnancia y lucha contra la violencia doméstica. Estaba sonriente, alegre por su causa, con una camisa que resaltaba su figura y un mahón un tanto gastado pero a la moda. Dolphy, se convirtió en la portavoz en fiscalía de programas pilotos que buscaban concienciar sobre la violencia entre los jóvenes y sus consecuencias. Aparece como una muñeca, marcada con cicatrices que muestran cómo fueron cocidas sus manos y cómo se cose su vida cada vez que le busca darle a sus 18 años una motivación. Dolphy, usa guantes todos los días.
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Por Marga Parés Arroyo / mpares@elnuevodia.com
Doce mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas en lo que va de año, lo que apunta a un alza en los incidentes fatales de violencia doméstica si se compara con las 16 vidas que ese delito segó en el 2007, según datos oficiales. A esta fecha, el año pasado, la cifra iba por 9.
Y mientras las autoridades sospechan que otros dos asesinatos de mujeres son producto del crimen doméstico, otra fémina, de 28 años y acuchillada por su compañero consensual, se encuentra en estado crítico en el Centro Médico de Río Piedras.
El más reciente brote de agresiones de parejas provocó que la Procuraduría de las Mujeres extendiera ayer a otros pueblos su marcha mensual de duelo por estas víctimas. Así, en Juana Díaz, Canóvanas, Barceloneta y Mayagüez, ciudadanos convocados por la agencia clamaron por que se detenga la violencia contra la mujer.
La procuradora designada, Marta Mercado, insistió durante la marcha en San Juan en que la raíz del problema es el discrimen contra la mujer y la desigualdad de géneros.
“Es una acumulación de un problema de violencia en la pareja”, añadió.
En una entrevista separada, Eugenia Pérez Montijo, portavoz de la Coordinadora Paz para la Mujer, afirmó que la violencia doméstica parte del “machismo y masculinidad acelerada” que se expresa en la intención del hombre de controlar y dominar a su pareja.
Otras voces, aunque coinciden en que la violencia de pareja tiene una raíz social más profunda, apuntaron a detonantes como la precaria situación económica y de salud mental en el País, como factores que culminan un patrón de agresión conyugal.
“Hay que ver esto desde un todo y el factor principal que está viviendo Puerto Rico es el problema económico”, dijo la agente Ivelisse Álvarez, de la División Especializada en Violencia Doméstica de la Policía, en San Juan.
“Es un descontrol total donde vemos una línea finita entre el factor económico y la poca salud mental (del victimario)”, dijo Álvarez, quien imparte charlas de prevención sobre el tema.
La doctora Yamila Azize, directora del proyecto Salud Promujer, también opinó que la tensión económica en el País incide en los crímenes de violencia doméstica. “Vivimos tiempos de mucha tensión económica, social y política donde la solución nacional apunta ser la muerte: mato al otro y ya”, dijo al lamentar que la población de mujeres sigue siendo el sector con menos poder en la sociedad.
“Creo que ese factor económico, social y político no se ha estudiado porque no es que los hombres sean malos y las mujeres buenas. Hay mucho más detrás de esto”, añadió Azize, catedrática del Departamento de Obstetricia y Ginecología del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico. Comentó que es trágico que la violencia “sexista o machista” contra la mujer continúe a paso acelerado, y que muchas mujeres aún crean que tienen que aceptar estos patrones violentos.
El reportero José Sánchez Fournier colaboró en esta historia.
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Por Ricardo Cortés Chico / rcortes@elnuevodia.com
JUANA DÍAZ - El asiento de Mathew Barrera permanecerá vacío y el Día de Logros de los niños de kinder en la escuela Francisco Prado Picart, que se celebrará hoy, ya no será tan alegre.
Y es que ayer, los niños de esta escuela, que hace un mes habían acogido a Mathew como su nuevo compañero, se despedían del menor de cinco años en el Cementerio Municipal de Juana Díaz.
El domingo el pequeño fue asesinado por su padre, Domingo Barrera García, en una masacre que cobró también la vida de su hermana Blassa, de cuatro años, y de su madre, Luz Rosado Aponte, de 30 años.
Días antes de la tragedia, Mathew dibujó su mano en un pupitre. Cuando la maestra Brenda Rivera llamó su atención por el hecho el menor le respondió: “Teacher, I love you”.
“Esto nos enseña a valorar lo que tenemos porque en un abrir y cerrar de ojos lo podemos perder todo. Tenemos que valorar cada momento y disfrutar nuestros niños”, dijo Rivera, sin poder contener el llanto.
Al sepelio de Mathew, Blassa y Luz asistió más de un centenar de personas, entre amigos, familiares y vecinos de los fallecidos.
Antes de emprender el camino al camposanto, la familia tuvo unos minutos a solas con los cuerpos. Luego, llevaron caminando los féretros hasta el cementerio. En la comitiva un automóvil con altoparlantes tocaba canciones con mensajes cristianos relacionados con la muerte y la resurrección.
Llamado a la acción
En el cementerio, el alcalde Ramón Hernández Torres señaló que las muertes de esta madre y sus hijos “trastocaron la sensibilidad del pueblo”, por lo que exhortó a que este caso sirva de ejemplo para que se tome conciencia en contra de la violencia hacia la mujer y los infantes.
“O seguimos como una sociedad cada vez más enferma o trabajamos estos problemas y le damos esperanza a nuestros niños”, dijo el Alcalde.
El tío de la mujer asesinada, Ángel Rivera Aponte, y Angie Meléndez, amiga de la familia, agradecieron a los presentes las muestras de solidaridad y apoyo que han recibido desde la noche del domingo, cuando ocurrieron los hechos.
“Hay que perdonar. Nos sentimos rabiosos y frustrados, pero tenemos que abrir nuestro corazón… Es la única manera que uno puede tener paz y alivio por el dolor”, manifestó, por su parte, Fernando González, vecino de la familia.
Al final, mientras los cuerpos eran colocados en la tumba, dos palomas blancas fueron liberadas y emprendieron su vuelo entre decenas de globos que flotaban por el camposanto. Habían sido liberadas por los compañeros de clase de Mathew, quienes al unísono se despidieron gritando “hasta luego”.
Según versiones familiares y policiales, Barrera García mantenía un patrón de violencia doméstica contra Rosado, quien huyó con sus hijos de Chicago, donde residían, hasta Juana Díaz, para escapar de las golpizas. El sujeto, contra quien había una orden de protección expedida por un tribunal de Illinois, llegó a los pocos días a Puerto Rico.
La mujer entonces accedió a encontrarse en varias ocasiones con su esposo, quien aprovechó uno de esas reuniones para cometer el crimen.
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